Este domingo triste pienso en ti dulcemente
Y mi vieja mentira de olvido ya no miente.
La soledad a veces es peor castigo,
Ah, ¡pero qué alegre todo si estuvieras conmigo!
Entonces no querría mirar las nubes grises
Formando extraños mapas de imposibles países
Y el monótono ruido del agua no sería
El motivo secreto de mi melancolía.
Este domingo triste nace de algo que es mío,
Que quizás es tu ausencia y quizás es mi hastío,
Mientras corren las aguas por la calle en declive
Y el corazón se muere de un ensueño que vive.
La tarde pide un poco de sol, como un mendigo,
Y acaso hubiera sol si estuvieras conmigo,
Y tendría la tarde, fragantemente muda,
El ingenuo impudor de una niña desnuda.
Si estuvieras conmigo, amor que no volviste.
Oh, ¡qué alegre me sería este domingo triste!.
(J. A. Buesa - 1910-1982 Cubano)
domingo, 31 de diciembre de 2006
Poesía
jueves, 28 de diciembre de 2006
Pensamiento
miércoles, 27 de diciembre de 2006
Mi Santiago
Llevo el corazón entre mis manos
envuelto en el paisaje.
Con simple quejido diluyo el
tiempo de cosecha.
En silencio desando el camino y recuerdo
las raíces que
impiden el olvido.
Quiero que mis huesos descansen
en mi pago y
sean la encarnación de la tierra
donde he crecido.
Heidi Rótulo de Arnedo
Sgo. del Estero
lunes, 25 de diciembre de 2006
Un Milagro de Navidad - Cuento
Había una vez, en un pequeño pueblo, un viejo cura párroco famoso y respetado por su sabiduría y su bondad.
Su parroquia, bastante alejada de la plaza central del pueblo, se mantenía casi ignorada y oscura durante todo el año. Sin embargo cada diciembre, cuando se acercaba la Navidad la calle entera de la iglesia parecía adquirir luz propia. Es verdad que el desproporcionado árbol de Navidad que el anciano armaba en el ciprés de la vereda, frente a la iglesia, irradiaba un brillo incomparable, pero no era sólo eso. Cada ladrillo del frente del viejo edificio parecía iluminarse desde adentro y alumbrar la que hasta unas horas antes era una de las calles más oscuras del barrio. Desde la otra punta del pueblo se veía la luminosidad que parecía expandirse desde la vieja parroquia elevándose en el cielo.
Quizá por eso, quizá por la nobleza del viejo cura, hombre puro de alma y espíritu y sacerdote de fe inquebrantable, quizá por la suma de todas las cosas, la Navidad traía al pueblo un hecho que para muchos representaba su milagro navideño.
Cada año, para estas fechas, todos lo que tenían un deseo insatisfecho, una herida en el alma o la imperiosa necesidad de algo importante que no habían podido lograr iban a ver al viejo cura. El se reunía con ellos, los escuchaba, y los convocaba para que prepararan su corazón para un milagro antes de las doce de la noche del veinticuatro de diciembre.
Cuando el día esperado llegaba y todos estaban reunidos frente a la parroquia, el cura encendía todavía algunas velas más alrededor del árbol, y luego recitaba una oración en voz muy baja... como si fuera para él mismo. Dicen... que cada Navidad Dios escuchaba las palabras del párroco cuando hablaba.
Dicen que a Dios le gustaban tanto las palabras que decía, dicen que se fascinaba tanto con aquel árbol de Navidad iluminado de esa manera, dicen que disfrutaba tanto de esa reunión cada Nochebuena... Que no podía resistir el pedido del cura y concedía los deseos de las personas que ahí estaban, aliviaba sus heridas y satisfacía sus necesidades. Cuando el anciano murió, y se acercaron las navidades, la gente se dio cuenta que nadie podría reemplazar a su querido párroco. Cuando llegó diciembre, sin embargo, decidieron de todas maneras armar el árbol de Navidad frente a la parroquia e iluminarla como lo hacía en vida el sacerdote.
Y esa Nochebuena, siguiendo la tradición que el cura había instituido, todos los que tenían necesidades y deseos insatisfechos se reunieron en la vereda y encendieron velas como habían aprendido del viejo párroco...
Se hizo un silencio. Nadie sabía lo que el viejo párroco decía cuando el árbol se iluminaba por completo... Como no conocían las palabras, empezaron a cantar una canción, recitaron unos salmos, y al final se miraron a los ojos compartiendo en voz alta sus dolores, alegrías y temores en ese mismo lugar, alrededor del árbol. Y dicen... que Dios disfrutó tanto de esa gente reunida alrededor del ciprés, frente a la vieja parroquia, hermanados en sus deseos... que aunque nadie dijo las palabras adecuadas, igual sintió el deseo de satisfacer a todos los que ahí estaban. Y lo hizo.
Desde entonces cada Nochebuena en aquella parroquia, alrededor de ese árbol tan especial, algunos milagros ocurrían, posiblemente en honor o quizá (¿por qué no?) por influencia del cura párroco. El tiempo ha pasado y de generación en generación la sabiduría se ha ido perdiendo...
Y aquí estamos nosotros. Nosotros no sabemos cuál es el pueblo donde está la parroquia. Nunca conocimos al bondadoso anciano y mucho menos sabemos cuáles eran sus mágicas palabras... Nosotros ni siquiera sabemos cómo armar nuestro árbol de la manera en que él lo hacía... Sin embargo, hay dos cosas que sí sabemos: sabemos esta historia, y sabemos que se acerca la Navidad. Y dicen... que Dios adora tanto este cuento... que disfruta tanto de las historias navideñas, que basta que alguien cuente esta leyenda y que alguien la escuche... para que él, complacido, satisfaga cualquier necesidad, alivie cualquier dolor y conceda cualquier deseo a todos los que todavía, aunque sea un poco, creen en la magia de la Navidad. ¡Ojalá sea cierto!
Su parroquia, bastante alejada de la plaza central del pueblo, se mantenía casi ignorada y oscura durante todo el año. Sin embargo cada diciembre, cuando se acercaba la Navidad la calle entera de la iglesia parecía adquirir luz propia. Es verdad que el desproporcionado árbol de Navidad que el anciano armaba en el ciprés de la vereda, frente a la iglesia, irradiaba un brillo incomparable, pero no era sólo eso. Cada ladrillo del frente del viejo edificio parecía iluminarse desde adentro y alumbrar la que hasta unas horas antes era una de las calles más oscuras del barrio. Desde la otra punta del pueblo se veía la luminosidad que parecía expandirse desde la vieja parroquia elevándose en el cielo.
Quizá por eso, quizá por la nobleza del viejo cura, hombre puro de alma y espíritu y sacerdote de fe inquebrantable, quizá por la suma de todas las cosas, la Navidad traía al pueblo un hecho que para muchos representaba su milagro navideño.
Cada año, para estas fechas, todos lo que tenían un deseo insatisfecho, una herida en el alma o la imperiosa necesidad de algo importante que no habían podido lograr iban a ver al viejo cura. El se reunía con ellos, los escuchaba, y los convocaba para que prepararan su corazón para un milagro antes de las doce de la noche del veinticuatro de diciembre.
Cuando el día esperado llegaba y todos estaban reunidos frente a la parroquia, el cura encendía todavía algunas velas más alrededor del árbol, y luego recitaba una oración en voz muy baja... como si fuera para él mismo. Dicen... que cada Navidad Dios escuchaba las palabras del párroco cuando hablaba.
Dicen que a Dios le gustaban tanto las palabras que decía, dicen que se fascinaba tanto con aquel árbol de Navidad iluminado de esa manera, dicen que disfrutaba tanto de esa reunión cada Nochebuena... Que no podía resistir el pedido del cura y concedía los deseos de las personas que ahí estaban, aliviaba sus heridas y satisfacía sus necesidades. Cuando el anciano murió, y se acercaron las navidades, la gente se dio cuenta que nadie podría reemplazar a su querido párroco. Cuando llegó diciembre, sin embargo, decidieron de todas maneras armar el árbol de Navidad frente a la parroquia e iluminarla como lo hacía en vida el sacerdote.
Y esa Nochebuena, siguiendo la tradición que el cura había instituido, todos los que tenían necesidades y deseos insatisfechos se reunieron en la vereda y encendieron velas como habían aprendido del viejo párroco...
Se hizo un silencio. Nadie sabía lo que el viejo párroco decía cuando el árbol se iluminaba por completo... Como no conocían las palabras, empezaron a cantar una canción, recitaron unos salmos, y al final se miraron a los ojos compartiendo en voz alta sus dolores, alegrías y temores en ese mismo lugar, alrededor del árbol. Y dicen... que Dios disfrutó tanto de esa gente reunida alrededor del ciprés, frente a la vieja parroquia, hermanados en sus deseos... que aunque nadie dijo las palabras adecuadas, igual sintió el deseo de satisfacer a todos los que ahí estaban. Y lo hizo.
Desde entonces cada Nochebuena en aquella parroquia, alrededor de ese árbol tan especial, algunos milagros ocurrían, posiblemente en honor o quizá (¿por qué no?) por influencia del cura párroco. El tiempo ha pasado y de generación en generación la sabiduría se ha ido perdiendo...
Y aquí estamos nosotros. Nosotros no sabemos cuál es el pueblo donde está la parroquia. Nunca conocimos al bondadoso anciano y mucho menos sabemos cuáles eran sus mágicas palabras... Nosotros ni siquiera sabemos cómo armar nuestro árbol de la manera en que él lo hacía... Sin embargo, hay dos cosas que sí sabemos: sabemos esta historia, y sabemos que se acerca la Navidad. Y dicen... que Dios adora tanto este cuento... que disfruta tanto de las historias navideñas, que basta que alguien cuente esta leyenda y que alguien la escuche... para que él, complacido, satisfaga cualquier necesidad, alivie cualquier dolor y conceda cualquier deseo a todos los que todavía, aunque sea un poco, creen en la magia de la Navidad. ¡Ojalá sea cierto!
(Adaptación de un cuento Jasidico realizada por J. Bucay)
sábado, 23 de diciembre de 2006
Adios a Hugo Izaguirre
Querido amigo, el destino quiso que me enviaras esta bella poesia antes de partir.... Siempre te recordaré. Que descanses en paz
Andrea
viernes, 22 de diciembre de 2006
En Belén comenzó
Divino y carnal
en Belén comenzó.
Luego fueron los hechos,
por todos conocidos.
¡FELIZ NAVIDAD!
Es el Hijo que nace.
Es la vida que late
y no muere jamás.
Hugo Alfonso Izaguirre
Paraná, Entre Ríos
lunes, 18 de diciembre de 2006
El mar es rojo
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